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La Basílica

 

El actual templo barroco posee unas dimensiones enormes propias de las grandes construcciones bizantinas, lo que le confiere una majestuosidad y monumentalidad dignas de admiración.

Estamos ante un auténtico museo, joya del barroco aragonés, tanto por su arquitectura exterior como por las obras y elementos artísticos que guarda en su interior.

El diseño exterior fue iniciado por el maestro zaragozano Felipe Sánchez, para posteriormente encargarse del proyecto el arquitecto de Carlos II, Felipe Herrera el Mozo. Éste último diseñó la planta y construyó su fachada principal (la fachada sur), que en 1952 se vería ennoblecida con las ocho estatuas que hoy reposan sobre el remate principal: San José de Calasanz, San Vicente de Paúl, Santa Engracia, San Valero, San Braulio, Santa Isabel de Aragón, Santiago Apóstol y San Vicente Mártir. El retablo ubicado en esta misma fachada pertenece al escultor aragonés Pablo Serrano, inaugurado en 1969.

Finalmente, sería el maestro Ventura Rodríguez quien daría al exterior de la basílica una estampa muy similar a la actual, remodelando el trazado y añadiendo torres y cúpulas. El aspecto definitivo ideado por el genial maestro Ventura se debe a sus retoques en el conjunto del templo, estableciendo la unidad de los elementos, aportando su visión particular a la ornamentación y llevando todas las líneas a un tono más clasicista. También fue el encargado de terminar la Santa Capilla.

El resultado final es un imponente edifico por el  volumen y magnitud del concepto, por la policromía de sus  cúpulas,  por la elegancia de su arquitectura y por sus singulares formas.

La basílica es Monumento Nacional desde 1904. Tiene el título de Basílica Menor (sólo son Mayores las cuatro que hay en la ciudad de Roma) desde 1948 y el de Catedral desde 1675.

El interior es solemne y de gran belleza. De planta de salón con tres naves, el amplio espacio resultante acoge a fieles, peregrinos y visitantes que rezan ante la Virgen y admiran los tesoros que se muestran a lo largo y ancho de la basílica.

Presidiendo el Altar Mayor se encuentra el Retablo Mayor, una imponente obra plateresca del maestro Damián Forment que atrae todas las miradas. Procedente del anterior templo, el conjunto se divide dos zonas diferenciadas: banco y sotobanco en la parte inferior, y cuerpo con pulsera en la parte superior. Las imágenes y escenas giran en torno a la Virgen y su vida. Fue realizado en alabastro entre 1509 y 1518. En la mesa del Altar reposan los restos de San Braulio, cuyo frontal de plata es una de las joyas de platería española.

Justo en frente del retablo está ubicado el Coro Mayor (conjunto de rejería, sillería y órgano), uno de los más bellos de España. Su sillería gótica, distribuída en tres hileras con 124 asientos, es solemne y espectacular debido sobre todo a su decoración. Hecha con madera de roble de Flandes por el navarro Esteban de Obray, el florentino Juan de Moreto y el zaragozano Nicolás de Lobato entre 1544 y 1546, representa  escenas de la vida de Cristo y de María.

El órgano completa este magnífico conjunto que  se cierra por una magnífica verja manierista con figuras en el remate.

Uno de los lugares más señalados en el interior de la basílica donde la fe y la devoción popular se ensalza es el Humilladero. Se encuentra detrás del Camarín de la Santa Capilla, y consiste en una oquedad abierta en el muro por la que aparece la Santa Columna a través de un pequeño óvalo y hasta donde acuden los fieles, peregrinos y devotos para besarla.

Este mismo gesto lo realizó el Papa Juan Pablo II en su visita a Zaragoza, el 10 de octubre de 1984.

Las pinturas de las cúpulas fueron realizadas por importantes maestros de la época y constituyen una excelente representación pictórica realizadas sobre un difícil y complejo emplazamiento como son el interior de las cúpulas.

La cúpula que se encuentra sobre la Santa Capilla fue decorada por el maestro Antonio González, pintor de cámara, representando escenas de la construcción de la Capilla y de la Venida de la Virgen. Pero la mayoría de pinturas existentes en las alturas de la basílica corresponden a Francisco de Bayeu, y sobre todo, a Francisco de Goya. Dos grandes frescos muestran la fuerza y expresividad de la pintura del genial pintor aragonés.

Por un lado, “La adoración del Nombre de Dios”, también conocida como la pintura del Coreto, ya que se encuentra ubicada en la bóveda del coreto que hay frente a la Capilla de la Virgen del Pilar. Este fresco, de clara influencia italiana, es de un modelado suave y cuidadas formas y encajó perfectamente con la idea que se tenía en la basílica. Por otro lado, la impresionante bóveda “Regina Martyrum”, que representa a la Virgen María rodeada por los santos mártires aragoneses a través de un bello colorido y un nuevo lenguaje decorativo, usando las luces de manera magistral. Esta pintura innovadora e imaginativa, una de las obras religiosas más importantes de Goya, le consagrará de manera definitiva como un gran pintor. Pero curiosamente, nada más acabarla recibió duras críticas. Su estilo rápido de brochazos y manchas, sin precisión en el dibujo y que daba la sensación de dejar las figuras inacabadas, no gustó en un principio, ya que se prefería un estilo más acabado, definido y elegantes al hilo de su primera pintura.


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